Explotación 2.0, el anonimato involuntario en la era digital.

     Este artículo no pretende ser una apertura a polémica, ni mucho menos un manifiesto quasi comunista desde el punto de vista de la era moderna, lo he escrito para tratar un punto que tarde o temprano afecta a los integrantes de mi gremio, los desarrolladores de software, en algún punto, casi siempre temprano, de su carrera profesional como programadores; tal punto puede tratarse como explotación a ciertos niveles, y ya veremos el por qué.

    Todos (los desarrolladores), aprendemos cada día cosas nuevas, lenguajes, funciones, herramientas, plataformas; todo esto en función de mejorar nuestras metodologías de desarrollo y entregar siempre una aplicación, un sitio, un programa más limpio, más sostenible y de la más alta calidad al cliente que nos lo ha encargado. Generalmente, el comienzo de este largo camino de aprendizaje comienza en una carrera universitaria o a través del interés personal y el desarrollo autodidacta, sea cual sea el inicio del camino, avanzamos sentencia por sentencia hasta el punto en que nos sentimos lo suficientemente preparados para programar a un nivel profesional, en la mayoría de los casos, nuestro primer gran proyecto lo desarrollamos en una empresa como programadores contratados. Es aquí donde contemplamos el lado oscuro de la fuerza, por decirlo de alguna manera.

    Primero lo primero, en el punto en que decidimos tomar un proyecto dentro de una empresa nos sentimos emocionados, por fin desarrollaremos algo que estará en producción, pasamos día y noche pensando en la función que escribiremos al día siguiente y en las posibles fallas que vaya a generar (no sería divertido si no tenemos retos de vez en cuando). Entre tanta emoción y desarrollo de lógica causante de recursivas jornadas de insomnio, no nos percatamos que hemos entrado de lleno en el vacío polémico judicial de nuestro eterno némesis: el derecho de autor y propiedad intelectual. ¿Pero exactamente cómo entramos en este vacío? La respuesta es simple, firmando un contrato.

    Sí, muchos dirán “siempre hay que leer el contrato antes de firmarlo”, vamos, somos desarrolladores, claro que lo leemos y, en principio, no nos molesta, así que seamos honestos, el contrato dice expresamente que el código fuente y sus derechos quedan reservados y son propiedad exclusiva de la empresa que nos contrata, esto no es lo más frustrante del caso, de cierta manera nos brinda una independencia postdesarrollo que nos desliga al software y a la empresa contratante una vez que decidamos irnos, porque lo haremos. No, aquello que nos molesta a la mayoría de los programadores hoy en día es la falta de reconocimiento o mérito que se nos niega una vez terminadas las 5000 líneas de código que hemos escrito para que el cliente de la empresa quede satisfecho.

    Ahora bien, veamos las dos caras de la moneda, en el punto en que nos damos cuenta de que no seremos reconocidos, comenzamos a frustrarnos bastante, pero, ¿Qué hay de las personas que nos contrataron? Si aquellos que los contratan son cabecillas de una organización de desarrollo de software, o los directores del departamento de desarrollo de una, seguramente llegaron a ese puesto o ese status porque comenzaron subiendo peldaños a punta de líneas de código, en otras palabras, también fueron, en su momento, desarrolladores igual que tú y yo. Y debo hacer énfasis en el “fueron desarrolladores”, ¿por qué?, el principio de Peter lo explica mejor que yo:

“En una jerarquía, todo individuo tiende a subir hasta alcanzar su nivel de incompetencia”

    Esto aplica para la mayoría de los directivos de desarrollo (no generalicemos), pero si se ve mucho, una empresa gana un pésimo directivo y pierde un excelente programador. El problema es que, se acostumbran tanto a su nuevo puesto, que sus nuevos objetivos son ganar dinero y reconocimiento que no les pertenecen a través del trabajo de aquellos a su cargo, ¿adivinan quiénes? sí, nosotros.

    Pero esto es sólo la punta del iceberg, al final del proyecto tu nombre, como desarrollador, no aparecerá en ningún lado, el crédito será de la empresa y de nadie más, más del 50% de las ganancias serán para tu jefe y tú, te irás de allí corriendo y habrás aprendido la mayor lección de tu vida, poner las condiciones en la mesa y proteger tu derecho sobre el código que escribes.

    Ya esto es razón suficiente para molestarse, pero además, durante toda la etapa de desarrollo estarás bajo presión constante enmascarada tras una cortina de aparente camaradería, apoyo y falsa comprensión por parte de tus “supervisores”, tendrás una fecha límite y una cantidad de requerimientos que no se habían pautado al principio del proyecto, ni en tu contrato por supuesto, pero terminarás haciendo todo a tiempo y con la mejor calidad ¿Por qué? Porque sabes que es tu aplicación, tú la desarrollaste, cada línea, cada función, y te sientes orgulloso de eso y el hecho de que tú sepas que lo hiciste vale más que el mérito que te están quitando.

    Con esto no quiero decirles que renuncien a su puesto de trabajo o tengan una mala impresión de las empresas que desarrollan software, pero si mantenerlos al tanto de la  falta de legislación y abordaje que tiene este punto en la era actual, cada vez somos más los que desarrollamos y, les guste o no, nuestro trabajo vale más que aquellos que se han convertido en los directivos inútiles que pretenden dirigir nuestra lógica aparentando recordar algo que ya no es aplicable. Recordemos que firmamos un contrato, que le cedimos nuestro derecho sobre el código fuente a alguien más, quedando en el oscuro amparo del anonimato involuntario, pero la lección es necesaria, sólo debemos asegurarnos de no caer en funciones recursivas…

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