Demencia Demoníaca…

Terror. Jamás lo había sentido de semejante manera. Aquí les contaré lo acontecido hasta ahora, pues temo que vuelva a suceder y no me encuentre ya más en mi sano juicio como para llevar un resumen coherente de la serie de sucesos en cuestión.

Todo comenzó hace un par de meses, después de un día normal como cualquier otro me dispuse a descansar ya entrada la noche, cansado de la jornada diaria, sabía que debía dejar mis aficiones tecnológicas por ese día y descansar para asistir a clases a primera hora de la mañana siguiente.

Apagué mi pc, las luces de mi habitación y finalmente me decidí a tratar de conciliar el sueño, lo que logré luego de unos minutos; fue entonces cuando caí en el umbral entre el mundo de los sueños y el de la realidad, en el que la mente ya no distingue si estás despierto o profundamente dormido, justo cuando cualquier sueño puede ser tan real, tan vívido, tan corpóreo que llega a quedar grabado en nuestra memoria como una experiencia y no como una representación nocturna de los confines de nuestro subconsciente.

Han pasado ya varios meses y aun puedo revivirlo como si hubiese ocurrido en plena luz del día y en mi más completa lucidez. Podía ver las velas del altar de mis padres encendidas a un lado del umbral de la puerta de mi habitación, el fuego danzaba de un lado al otro proyectando sombras fantasmales en la oscuridad de la media noche. Comencé a sentir frío, más fuerte de lo normal, me helaba los huesos y se esparcía por mi espalda como gotas de sudor en una caminata bajo un día soleado. Aunque sentía que desviaba la mirada, las sombras danzantes animadas por las llamas no desaparecían de mi vista, sin embargo, la visión no duró mucho tiempo, pues ya no se distinguían varias sombras dispersas en llamaradas de formas inexistentes e imposibles, se habían transformado de manera repentina en una sombra uniforme, corpórea, pesada incluso. Me quedé inmóvil, quizás por el pánico, quizás por curiosidad, lo más probable es que haya sido por ambas razones que no pude desviar más mi vista hacia otra cosa que no fuera aquella aparición. La veía ahí de pie, aunque estaba a solo unos pasos de mi cama, se sentía lejana, como si estuviera y no existiera. A los pocos segundos el hecho de mirar aquel espectáculo macabro se volvió insoportable, me invadió una súbita desesperación, me sofocaba en mi propio terror, quería moverme, despertar del todo, encender la luz, sin embargo, algo me lo impedía, no podía hacer nada más que seguir mirando.

Pensé que no se movería nunca, y preferiría que no lo hubiese hecho, en cuestión de segundos, aquella sombra se deslizó ante mí, quedando de pié justo a mi lado, lo que vi a continuación fue lo más impactante que haya visto, o no, en toda mi vida. Era un rostro familiar y aun así demoníaco, en menos de un segundo aquel rostro se plantó frente al mío, era mi madre, o al menos una versión bastante fea de ella. Su piel era azulada, sus ojos rojos como la sangre que brota de una herida, sus facciones demacradas y lastimadas, su expresión amenazante, su aura tan fría como el hielo. Abrió la boca y sólo pude escuchar un grito de ultratumba, un lamento salido del mismísimo abismo que hacía eco en el universo, un aullido fantasmal y prolongado, lo suficientemente fuerte como para despertarme por completo. Desesperado, abrí los ojos, me encontraba en la misma posición que en el sueño, sudaba frío, estaba aferrado a mis sábanas como si fueran salientes de un risco evitando mi caída, aún escuchaba aquel grito atronador, sólo que, ésta vez, el grito provenía de mi propia garganta, sentí cómo aquel aullido de terror incontrolable nacía en mi diafragma y se extendía hasta hacer colapsar mis cuerdas vocales generando aquel sonido agudo, aquel llanto de desesperación ante algo que no había pasado, o que no debía pasar.

Antes de controlarme y detener aquel grito, recibí un eco de respuesta proveniente de la habitación contigua, era la voz de mi madre que, aterrorizada por el sonido, reaccionó con un llanto similar al proveniente de mi garganta. En el acto, ambos dejamos de gritar y lo siguiente que divisé fue la luz de mi cuarto encendida y a mi madre con los ojos llenos de lágrimas tomándome del cuello en un intento fallido de tranquilizarme. El resto de la noche fue tranquilo, se quedó a mi lado hasta que amaneció, ella durmió unas horas, sin embargo, yo no logré descansar. La imagen del sueño seguía clara en mi mente, casi podía verla frente a mí. Pero algo más pasaba por mi mente, el por qué, de dónde salió todo aquello, nunca había visto o sentido nada similar, en las semanas anteriores no había ocurrido nada que inspirase semejante visión.

Las semanas siguientes pasaron sin novedad, de vez en cuando, el vívido recuerdo de aquella noche me invadía, sin embargo, pude controlarlo hasta que desapareció de mi consciente, eclipsado por asignaciones, preocupaciones y nuevas interrogantes sobre temas diversos y, aún más importante, diferentes.

Otra noche me propuse a descansar después de un largo día en la universidad, mi hermano yacía dormido en la cama contigua a la mía, me acosté y caí en un profundo sueño a merced de los ronquidos del pequeño. Ya entrada la noche, escuché algo más que los ronquidos de mi hermano, al parecer habla dormido, cualidad hereditaria supongo pues también lo hago, lo que no me pareció familiar fue lo que escuché después de las palabras, o balbuceos, pronunciados por el infante, una respuesta, un susurro macabro que me heló hasta los huesos repercutía en las paredes y me caía como clavo en la cabeza. Asustado, voltee mi cara hacia la cama de mi hermano pero él seguía soñando y sus labios no articulaban palabra alguna. Luego de un rato volví a dormir restando importancia a lo sucedido, culpando severamente a mi imaginación por generar tantas novedades en tan corto lapso de tiempo. Pensé que los sucesos de esa noche terminaría allí, me equivoqué, minutos, quizás horas más tarde sentí cómo una fuerza invisible e incontrolable presionaba sobre mi cuerpo inmovilizándome por completo, ésta vez no estaba dormido, en completo uso de mis sentidos yacía paralizado ante aquella fuerza extraña. A diferencia de la última vez, no logré articular sonido alguno, y del terror, de la desesperación, de la presión asfixiante, nació algo más, curiosidad. ¿Estaría mi mente tan trastornada que podía presentar un impedimento físico en contra de mi propia voluntad? Si era así, si todo esto era provocado por mi subconsciente, entonces podría quizás controlarlo, vencerlo. Armado de valor y determinación me dispuse a liberarme de aquello, con todas mis fuerzas pedí que me liberara de aquellas cadenas invisibles, que dejara aclarar mi garganta quitando aquella presión de mi voz. Forcejee unos segundos, luché, un tanto inseguro de mi posible éxito, pero al final, todo desapareció y pude levantarme.

Al mirar a mi alrededor sólo vi mi habitación, en calma y penumbra nocturna, como todas las noches, mi hermano apenas si se movía, su respiración estaba relajada, señal de un sueño imperturbable, notando que no había nada fuera de lo normal, volví a dormir hasta la mañana siguiente.

Pensé que se detendría allí, pasaron semanas y todo estaba dentro de los límites normales, sin incidentes nocturnos que merezcan preocupación alguna, pero en vez de desaparecer, sucedió algo que me lleva a pensar que quizás mi estado mental empeoró. Ésta vez estaba despierto, sobrio, lúcido y en total control de mis capacidades cognitivas, de hecho, estaba en la universidad, rodeado de gente, chalando con mis compañeros de estudio cuando todo se silenció, lo que escuché a continuación llegó a mis oídos durante segundos, pero me llevó a pensar durante horas. Por un momento, dejé de escuchar lo que me rodeaba, el sonido del ambiente fue opacado en su totalidad por susurros, susurros de un tono visceral en un lenguaje poco articulado, incomprensible, casi demoníaco. Sentí que era alguien más apoyado a mis espaldas y susurrando en mi oreja, sin embargo, al voltear no había nadie y la voz se detuvo para dar paso nuevamente al ajetreo de los estudiantes que caminaban y charlaban en el cafetín.

Comparto este registro de lo sucedido como prueba de que no he perdido del todo la cordura, y, de perderla, sabrán ustedes cómo comenzó todo. No mencionaré aquí la religión que practican mis padres, pues no es de mi intención estimular supersticiones ni eventos paranormales. Mi madre, que representa el ser al que más le tengo confianza, no se enteró del último par de  incidentes, quizás no se los mencioné por sus inclinaciones espirituales, por mi cuenta, sigo buscando una explicación racional a lo sucedido, y, sea cual sea la respuesta, quizás ella no la tiene, por lo que evitaré preocuparla.

No les mentiré, escribo esto algunas semanas después de lo ocurrido, desde entonces no he podido dormir bien, en la noche, deambulo por las habitaciones de la casa vigilando mis espaldas, sintiendo la mirada de algo que sé que no está ahí, quizás es mi mente traicionándome, revelándose en mi contra, llevándome lentamente a la paranoia, recorriendo la parsimoniosa y lúgubre vía hacia la demencia. 

Autor: Pedro J. Plasencia V.

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